Según el veterano ingeniero de Microsoft David Plummer, el Administrador de tareas tenía solo 80 KB de tamaño, lo que le permitía ejecutarse sin problemas incluso en el hardware limitado de esa época.


Lo que lo hacía especialmente ingenioso era la forma en que manejaba múltiples instancias. En lugar de simplemente verificar si el Administrador de tareas ya estaba abierto, enviaba un mensaje privado a la ventana existente y esperaba una respuesta.
Si la ventana respondía, significaba que el Administrador de tareas ya se estaba ejecutando normalmente.
Si no había respuesta, el sistema asumía que se había congelado y abría una nueva instancia en su lugar.
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