Existe una realidad muy dura, pero que debe ser dicha: no todos los adultos tienen la capacidad de ver a los niños, no porque no los quieran, sino porque su estructura interna aún no es lo suficientemente estable, madura o amplia para contener la complejidad de otra vida. Muchas veces, los adultos piensan que están educando a los niños, cuando en realidad están usando a los niños para calmarse a sí mismos. La cuestión más crucial en la educación es: ¿qué tipo de personas tienen realmente la capacidad de ver a los niños? Para lograr verlo:
La primera habilidad clave es que el interior debe ser lo suficientemente estable. Un adulto cuyo interior está en tensión, ansiedad, preocupación o incluso fuera de control durante mucho tiempo, no puede realmente ver a los demás. Su sistema nervioso está ocupado en mantener su propia estabilidad, su cerebro en gestionar su estrés, y no tiene espacio adicional para entender a los niños. En ese momento, cada retraso, llanto, rechazo o silencio del niño, es como si le estuviera señalando un punto doloroso aún sin sanar. Solo puede reaccionar por instinto, sin poder verlo realmente. Las personas que pueden ver a los niños tienen un punto en común: saben distinguir si lo que sienten es la emoción del niño o si es una emoción que ellos mismos han sido activados a sentir. Un adulto sin capacidad de diferenciación emocional, verá cada reacción del niño como una evaluación de sí mismo. Si el niño no obedece, piensa que ha fracasado. Si el niño rechaza, siente que lo están negando. Si el niño está ansioso, piensa que lo están cargando con responsabilidades. Si el niño guarda silencio, siente que lo están alejando. En ese estado, lo que el adulto ve no es al niño, sino a sí mismo.
La segunda habilidad clave es el espacio psicológico. Las personas con espacio psicológico limitado solo toleran un tipo de emoción, una respuesta o un ritmo. Cuando el niño tiene una desviación, se tensan, acusan o controlan inmediatamente. Cuando hay una fluctuación, corrigen, reprimen o exigen de inmediato, porque su interior no tiene margen para aceptar a un niño en proceso de formar su identidad. En cambio, las personas con un espacio psicológico amplio mantienen la calma en medio del caos del niño, conservan suavidad en sus emociones, y paciencia en sus pruebas. Permiten que las emociones del niño aparezcan primero, sin apresurarse a resolverlas ni reaccionar de inmediato. Esto es una muestra de madurez emocional.
La tercera clave es la capacidad de mentalización, es decir, entender que el comportamiento del niño refleja lo que está experimentando, y no que lo hace a propósito para molestarme. La demora del niño expresa ansiedad, su respuesta desafiante es una prueba de límites, su berrinche es una sobrecarga de capacidad, y su resistencia a colaborar es una lucha por la autonomía. Solo quienes pueden entender estos motivos internos tienen la capacidad de comprender realmente al niño, en lugar de juzgar su proceso de crecimiento como un comportamiento problemático.
La cuarta clave es una sensación de yo estable. Los adultos que necesitan que los niños prueben su valor para poder verlos, no pueden hacerlo. Los niños deben ser excelentes para que los adultos se sientan orgullosos. Los niños deben obedecer para que los adultos sientan que tienen autoridad. Los niños deben tener éxito para que los adultos no sientan que han fracasado. La fragilidad de esta estructura de self impide que los adultos soporten el ritmo real de desarrollo del niño. Las personas que realmente pueden ver a los niños son aquellas cuyo autoestima proviene del interior, no de los niños. No pierden su estabilidad por las emociones del niño, ni se invalidan por su comportamiento. Esto les permite enfocar su atención en el niño, en lugar de en su propia ansiedad.
Por último, quiero decir que ver a los niños no es una técnica, sino un nivel de madurez. No se logra solo aprendiendo un método, sino convirtiéndose en la persona que puede hacerlo. Pero esto no significa que si no podemos, nunca podremos. Solo necesitas empezar con la conciencia, detenerte un segundo cada vez que una emoción se active, y preguntarte en cada interacción: ¿qué está experimentando el niño en este momento? Ya estás dando el primer paso para convertirte en alguien que puede ver.
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Existe una realidad muy dura, pero que debe ser dicha: no todos los adultos tienen la capacidad de ver a los niños, no porque no los quieran, sino porque su estructura interna aún no es lo suficientemente estable, madura o amplia para contener la complejidad de otra vida. Muchas veces, los adultos piensan que están educando a los niños, cuando en realidad están usando a los niños para calmarse a sí mismos. La cuestión más crucial en la educación es: ¿qué tipo de personas tienen realmente la capacidad de ver a los niños? Para lograr verlo:
La primera habilidad clave es que el interior debe ser lo suficientemente estable. Un adulto cuyo interior está en tensión, ansiedad, preocupación o incluso fuera de control durante mucho tiempo, no puede realmente ver a los demás. Su sistema nervioso está ocupado en mantener su propia estabilidad, su cerebro en gestionar su estrés, y no tiene espacio adicional para entender a los niños. En ese momento, cada retraso, llanto, rechazo o silencio del niño, es como si le estuviera señalando un punto doloroso aún sin sanar. Solo puede reaccionar por instinto, sin poder verlo realmente. Las personas que pueden ver a los niños tienen un punto en común: saben distinguir si lo que sienten es la emoción del niño o si es una emoción que ellos mismos han sido activados a sentir. Un adulto sin capacidad de diferenciación emocional, verá cada reacción del niño como una evaluación de sí mismo. Si el niño no obedece, piensa que ha fracasado. Si el niño rechaza, siente que lo están negando. Si el niño está ansioso, piensa que lo están cargando con responsabilidades. Si el niño guarda silencio, siente que lo están alejando. En ese estado, lo que el adulto ve no es al niño, sino a sí mismo.
La segunda habilidad clave es el espacio psicológico. Las personas con espacio psicológico limitado solo toleran un tipo de emoción, una respuesta o un ritmo. Cuando el niño tiene una desviación, se tensan, acusan o controlan inmediatamente. Cuando hay una fluctuación, corrigen, reprimen o exigen de inmediato, porque su interior no tiene margen para aceptar a un niño en proceso de formar su identidad. En cambio, las personas con un espacio psicológico amplio mantienen la calma en medio del caos del niño, conservan suavidad en sus emociones, y paciencia en sus pruebas. Permiten que las emociones del niño aparezcan primero, sin apresurarse a resolverlas ni reaccionar de inmediato. Esto es una muestra de madurez emocional.
La tercera clave es la capacidad de mentalización, es decir, entender que el comportamiento del niño refleja lo que está experimentando, y no que lo hace a propósito para molestarme. La demora del niño expresa ansiedad, su respuesta desafiante es una prueba de límites, su berrinche es una sobrecarga de capacidad, y su resistencia a colaborar es una lucha por la autonomía. Solo quienes pueden entender estos motivos internos tienen la capacidad de comprender realmente al niño, en lugar de juzgar su proceso de crecimiento como un comportamiento problemático.
La cuarta clave es una sensación de yo estable. Los adultos que necesitan que los niños prueben su valor para poder verlos, no pueden hacerlo. Los niños deben ser excelentes para que los adultos se sientan orgullosos. Los niños deben obedecer para que los adultos sientan que tienen autoridad. Los niños deben tener éxito para que los adultos no sientan que han fracasado. La fragilidad de esta estructura de self impide que los adultos soporten el ritmo real de desarrollo del niño. Las personas que realmente pueden ver a los niños son aquellas cuyo autoestima proviene del interior, no de los niños. No pierden su estabilidad por las emociones del niño, ni se invalidan por su comportamiento. Esto les permite enfocar su atención en el niño, en lugar de en su propia ansiedad.
Por último, quiero decir que ver a los niños no es una técnica, sino un nivel de madurez. No se logra solo aprendiendo un método, sino convirtiéndose en la persona que puede hacerlo. Pero esto no significa que si no podemos, nunca podremos. Solo necesitas empezar con la conciencia, detenerte un segundo cada vez que una emoción se active, y preguntarte en cada interacción: ¿qué está experimentando el niño en este momento? Ya estás dando el primer paso para convertirte en alguien que puede ver.