¿El presidente de Venezuela, Maduro, emitió la "Petro" para hacer frente a las sanciones de Estados Unidos?

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En el largo pasillo de la historia financiera moderna, pocas historias de países se han entrelazado de manera tan dramática como la de Venezuela, donde el colapso económico a nivel nacional, la desesperación geopolítica y el potencial salvaje de las criptomonedas se han combinado de forma única. La historia central es la de un presidente acorralado —Nicolás Maduro— y su experimento financiero de alcance nacional: el “Petro”. Esto no solo es un caso de fracaso de una criptomoneda, sino también un espejo que refleja la ineficacia del Estado, la autodefensa del pueblo y la doble cara de los activos digitales.

El nacimiento de la desesperación

Para entender el nacimiento del Petro, hay que remontarse a finales de 2017 en Venezuela. En ese momento, el país atravesaba una catástrofe económica apocalíptica. La moneda oficial, el “fuerte bolívar”, valía como papel mojado, y la inflación alcanzaba cifras astronómicas de millones por ciento. La gente salía a la calle con sacos llenos de billetes, y los comerciantes, en lugar de contar, pesaban el dinero para calcular su valor.

Lo más mortal era la severa sanción económica de Estados Unidos, que como un velo invisible, aislaba a Venezuela del sistema financiero global en dólares (SWIFT). Esto significaba que el país, con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, no podía exportar petróleo para obtener divisas ni buscar ayuda en bancos internacionales. El gobierno de Maduro era como un avaro con un tesoro, a punto de morir de hambre, con las vías tradicionales financieras completamente bloqueadas.

En medio de esta desesperación, el gobierno de Maduro dirigió su mirada a la fiebre global por la cadena de bloques. Surgió una idea aparentemente “genial”: si el sistema del dólar nos bloquea, creamos nuestra propia moneda digital para sortearlo. Así, en febrero de 2018, se lanzó en medio de controversia y dudas el primer cripto respaldado por un Estado soberano, el Petro, que afirmaba estar respaldado por activos tangibles.

La gran mentira

Según la narrativa oficial, cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo pesado de la Faja del Orinoco, con un precio inicial de aproximadamente 60 dólares. Suena perfecto: una “stablecoin” respaldada por la confianza del Estado y activos reales, como el Santo Grial de las criptomonedas. Pero cuando los expertos y la comunidad técnica analizaron su fachada, descubrieron que estaba vacío, lleno de mentiras y contradicciones.

Rebotes técnicos: la base tecnológica del Petro era extremadamente inestable. Al principio, se afirmó que se basaba en Ethereum, luego se cambió a NEM, y finalmente se optó por una cadena privada controlada por el propio gobierno. Estos cambios constantes en la tecnología minaron la confianza de los desarrolladores desde el principio.

Centralización bajo apariencia de blockchain: la mayor ironía del Petro es que, aunque se promocionaba como “descentralizado”, en realidad era un producto completamente centralizado. Solo podía negociarse en plataformas controladas por el gobierno, y su emisión, precio y reglas estaban en manos de Maduro. No era una criptomoneda, sino un “punto digital gubernamental” disfrazado de blockchain.

El petróleo que nunca se puede entregar: lo más peligroso era que el respaldo “petrolero” era solo un eslogan vacío. La gente y los inversores poseían Petro, pero nunca podían canjearlo por un barril real de petróleo. Cuando un activo no puede ser verificado ni intercambiado, solo es un cheque sin fondos.

Frente a la indiferencia del mercado, el gobierno de Maduro tomó medidas extremas: obligó a usar Petro para obtener pasaportes, pagar impuestos y recibir pensiones de funcionarios públicos. Pero esta campaña forzada fracasó rotundamente. La población, con la confianza ya destruida, rechazaba esa “moneda de aire”, y en marzo de 2018, una orden ejecutiva de EE. UU. prohibió a los ciudadanos estadounidenses y entidades comerciar con Petro, cortando toda posibilidad de circulación internacional.

Justo cuando el plan oficial del Petro parecía condenado, otra criptomoneda empezó a crecer en la sociedad venezolana: el USDT, una stablecoin vinculada al dólar.

Cuando la moneda oficial dejó de valer, y la moneda digital del Estado resultó ser otra estafa, el pueblo venezolano empezó a votar con sus acciones. Comenzaron a usar ampliamente USDT para sus transacciones diarias, creando un fenómeno de “dolarización cripto”. En las calles de Caracas, los pequeños comerciantes colocaban códigos QR de USDT (generalmente en la red Tron, con bajas comisiones), y la gente pagaba con sus billeteras móviles para comprar pan, medicinas y gasolina. Para ellos, el Bitcoin, con su volatilidad, era un “oro digital” para el ahorro a largo plazo, mientras que USDT era la tabla de salvación para mantener su subsistencia y luchar contra la inflación.

Irónicamente, mientras Maduro promovía la “estabilidad eléctrica” y cerraba de forma militarizada todos los mineros civiles en 2024, considerando la minería como un delito, su empresa estatal petrolera PDVSA, para evadir sanciones, exigía en sus contratos de exportación que los compradores extranjeros usaran USDT para pagar. Es decir, el gobierno reprimía las actividades cripto civiles, pero a nivel estatal abrazaba en profundidad el dólar en la cadena, realizando transferencias de activos a gran escala.

El final

El fracaso del Petro y el escándalo de corrupción en PDVSA (que se llevó 20 mil millones de dólares en ingresos petroleros mediante canales cripto) no terminaron la relación de Venezuela con las criptomonedas. Al contrario, surgió una leyenda aún más sorprendente: que el gobierno de Maduro, en secreto, acumuló reservas de Bitcoin por valor de hasta 600 mil millones de dólares a través de una compleja “red de sombras financieras”.

Según fuentes de inteligencia citadas por los medios, desde 2018, Venezuela habría estado exportando oro a Turquía, Emiratos Árabes y otros países, y mediante transacciones OTC, habría convertido en masa sus ganancias en Bitcoin cuando el precio era bajo, almacenándolas en monederos fríos protegidos por múltiples firmas. Las claves privadas estarían dispersas entre varios fideicomisarios en diferentes jurisdicciones, y el cerebro de la operación sería un tal Alex Saab, apodado “el arquitecto” del sistema. Esta enorme riqueza digital sería la última carta del régimen de Maduro para resistir las sanciones.

Pero esta partida de gato y ratón alcanzó un clímax dramático el 3 de enero de 2026. Las fuerzas militares estadounidenses lanzaron una operación relámpago y arrestaron a Maduro y su esposa en Caracas. Horas antes, en plataformas de predicción de blockchain como Polymarket, apareció una apuesta misteriosa que predijo con precisión la caída de Maduro, convirtiendo en más de 40 millones de dólares las apuestas de 3,25 millones, sugiriendo que había filtraciones internas sobre la operación.

Con la caída de Maduro, el destino de esas reservas de Bitcoin, valoradas en 600 mil millones de dólares, se convirtió en el enigma financiero más importante para Washington. ¿Quién tiene las claves para abrir esa fortuna? ¿Podrán EE. UU. recuperarla mediante leyes e inteligencia? Esta guerra geopolítica en torno a las criptomonedas apenas comienza a intensificarse.

Al revisar el espectáculo del Petro, deja una lección profunda para el mundo: la tecnología nunca podrá reemplazar la confianza. Cuando un gobierno quiebra su crédito, ninguna herramienta financiera sofisticada puede salvar su moneda. Sin embargo, la historia de Venezuela también revela otra cara de las criptomonedas: cuando las máquinas del Estado fallan, estas pueden convertirse en la última esperanza de los ciudadanos para proteger sus activos y mantener su subsistencia. Desde la estafa estatal del Petro, pasando por la autodefensa con USDT, hasta las reservas en Bitcoin, la experiencia venezolana es sin duda una de las lecciones más profundas y duras del siglo XXI en la era digital.

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